René Chapman
Las llamadas de Grace no habían dejado de entrar durante todo lo que quedó de esa tarde y el transcurso de la mañana siguiente. Y en parte, a eso se debe mi grado de irritabilidad.
—¿No piensas contestar? —preguntó mi amigo, lanzando la vista de mí, al aparato que tenía sobre la superficie de la mesa del salón de juntas.
—No tiene importancia —mascullé, fingiendo no perder atención de los papeles que tenía enfrente.
—... ¿Es ella, otra vez? —tanteó la zona, como quien no quiere la