Después de una hora, la fiebre de Gabriel finalmente bajó y el niño cayó en un sueño profundo y tranquilo, aferrado a la mano de Abigail. Ella se puso de pie con lentitud, sintiendo que cada hueso de su cuerpo le pesaba. Al darse la vuelta, se encontró con Rafael, que la esperaba en el pequeño balcón de la habitación.
—Abi... tenemos que hablar —dijo él, acercándose con cautela—. Sé que estás herida. Sé que crees que te traicioné, pero te juro que todo esto fue una red tejida por mi abuela. Est