17. De rodillas
Martha
Contaba las horas para poder ver a mi hijo, estaba tan contenta, sentía ansiedad casi no dormí, pero hice lo que pude.
—¿Se puede saber que tienes? —me pregunta Isolda.
—Voy a ver a mi hijo —una pequeña sonrisa apareció en mi rostro, aunque intenté minimizarlo.
—¿Va a venir? — cuestionó curiosa.
—No, me dieron un permiso especial para salir.
—Cuando no— escupió molesta —los ricos siempre tienen permisos especiales.
—No es porque soy rica —me quejé.
—Sí, claro — mencionó con reproc