111. Es hora
Gio
Llegué a casa y me encontré una algarabía de palabras bonitas y ruidos de admiración por no sé qué tantas cosas, en cuanto me asomé a la sala supe a que era y casi salgo huyendo sino es porque Martha me atrapó en el acto cuando reía por algo.
—¡Llegaste! —exclamó fuerte con una risa alegre— ven aquí y mira esto, eres tú.
Puse mis ojos en blanco en una queja silenciosa al diablo.
—¿En serio, Nonna? —resoplé molesto.
—Ella me pidió las fotos, mira esto— señaló una foto, desvío la queja como s