El aire en casa había cambiado desde la llegada de Grace. Había algo reconfortante en regresar cada noche y encontrarla allí, con el departamento oliendo a lavanda y una copa de vino lista sobre la mesa. Esa sensación de estabilidad, tan distinta a lo que viví con Katherine, me hacía disfrutar de la convivencia más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Grace tenía su propia rutina: trabajaba, se ejercitaba, salía con sus amigas. No cuestionaba mis horarios, respetaba mi espacio y estaba ahí cu