Mientras jineteaba con rapidez su caballo, la mente de Astor era un caos, no sabía si era un castigo divino por haber mancillado a una semidiosa o el recuento de su mala suerte, “Maldita sea” gritaba incontrolable, “¿Qué carajos haría ahora?”, se preguntó, mientras recordaba la conversación que había tenido momentos antes con su madre.
—¿Cómo? — preguntó confundido, pensando que no había escuchado bien.
—Lo encontraron hace unos días atrás, aunque en realidad nunca estuvo perdido. — Eliette le