—¿Entonces tú para qué vienes?
Celeste:
—...Yo soy la excepción, tu existencia, hasta tu respiración puede molestar a Marisela.
Lorenzo entrecerró los ojos, con cierta contención y peligrosidad, articulando:
—Celeste, no creas que porque tienes el respaldo de mi abuelo, no me atrevo a echarte.
Celeste resopló con desdén y se acercó para empujarlo, pero no pudo moverlo, así que trajo una silla y se sentó frente a Marisela para competir con él.
Levantó la mano para tocar la frente de Marisela, per