En este momento, Lorenzo tenía una barba incipiente azulada alrededor de la boca, las cuencas de los ojos hundidas, la mirada vacía y sin vida, como si le hubieran arrancado el alma y solo quedara una cáscara vacía.
¿Cómo era posible que en tan pocos días sin verlo —apenas ayer y hoy, un solo día— el señor Cárdenas hubiera quedado en este estado?
—Señor Cárdenas, he venido a llevarlo a casa... —dijo Aurelio, sorprendido pero sin olvidar cumplir con su deber.
Lorenzo no le respondió, simplemente