Una de las tuberías cayó con fuerza sobre la cabeza de Jacob.
Él frunció el ceño, soltando un gemido de dolor, y al instante, sangre roja comenzó a correr por su frente.
¡Estaba herido!
Las tuberías quedaron esparcidas por el suelo, y Celeste rápidamente ayudó a Jacob a sentarse. Él apretaba los dientes mientras la sangre, que fluía abundantemente, empapaba su camisa blanca, creando una imagen impactante.
Celeste, desesperada, le preguntó: —¡Jacob, ¿estás bien?! ¿Cómo te sientes?
—¡Dios mío! ¡Je