—No te juntes mucho con esa mujer.
En el carro, Lorenzo tenía su barbilla apoyada en el hombro de Celeste, oliendo su delicado aroma de su cuerpo.
Cuando hablaba, su aliento le cosquilleaba la piel del cuello a ella, y Celeste se encogió un poco:
—¿Te refieres a Viviana? ¿No te cae bien?
Esos ojos de Celeste eran tan bonitos que Lorenzo no pudo evitar pellizcar suavemente su carita:
—No me gustan las mujeres presumidas.
—¿Por qué dices que es presumida?
—Ella sabe de nuestra relación y desde l