Después de un rato, Lorenzo salió del baño. Arregló su camisa y se abotonó los botones, aunque seguía algo arrugada, se veía más ordenado y serio que antes.
Se sentó frente a ella y observó todas las comidas en la mesa. Sin rodeos, seleccionó el tazón de sopa que estaba frente a ella.
Celeste se sorprendió un poco:
—¡Esa es mi comida!
Lorenzo levantó la mirada con frialdad:
—¿No las pagué yo?
Su voz sonaba fría y dominante, como si le estuviera diciendo: «¿Te atreves a quitármela?»
Celeste se ca