Celestes sintió un escalofría recorrer por su espalda.
Este hombre, Lorenzo, ¡sus pensamientos eran demasiado imperceptibles!
—¿En qué estás pensando? —le preguntó el hombre y levantó su barbilla con su gran mano.
Celeste volvió en sí, y como si le hubiera dado un leve sobresalto, apartó la mano del hombre un manotazo.
La gran mano de Lorenzo quedó seca en el aire. Frunció el ceño ligeramente, mostrando un deje de descontento.
—Señor Vargas, ya que sabes que yo no soy la traidora, y que ya no te