Jorge me contempló con una mezcla punzante de lástima y temor reverencial.
—¿Y qué pretendes hacer? —preguntó con la voz rota—. La has buscado por todo el globo sin un solo rastro sólido. Es como si el océano se la hubiera tragado. ¿Vas a vivir el resto de tus días aferrado a esa esperanza estéril?
—Algo así —concluí, y una sonrisa desprovista de cualquier rastro de humanidad asomó en mis labios—. Pero ya no se trata de esperanza, Jorge. Es una promesa de sangre. No me importa cuánto oro de