Aprendimos a disfrutar de lo sencillo, de lo que no tiene precio: un café que se enfriaba entre charlas a media voz mientras el bebé dormía, las canciones de cuna disparatadas que inventaba Layla y que siempre acababan en carcajadas ahogadas, y esa certeza de que, aunque no tuviéramos un mapa, estábamos trazando nuestra propia ruta, página a página, guiadas por el más puro instinto.
Thiago crecía a pasos agigantados, como si tuviera una urgencia secreta por descubrir por qué las tres lo miráb