Los ojos de Kian estaban perdidos en la lujuria de tener a su compañera apretada contra su cuerpo completamente desnuda y a su merced.
Dana podía decir lo que quisiera, sin embargo, él podía oler su deseo a kilómetros de distancia.
Sabía sobre su necesidad de ser marcada por su macho, más aún estando en aquel celo constante.
—Te daré todo lo que quieras, compañera. No tienes que negarte. Ya no es un secreto para nadie cuanto nos deseamos. Cuando nos queremos el uno al otro y no se trata de los