No me pidas que te deje ir

No se necesitaron demasiadas palabras para corresponder a su petición.

Diana estaba ardiendo en los brazos de Aris.

Su nerviosismo se acoplaba perfectamente con su celo, la necesidad de ser poseída por aquel macho que despertaba la irrefrenable pasión corriendo por sus venas.

—Siempre me estabas volviendo loco, princesa. ¿Sabes las ganas que tenía de devorarte? ¿De hacerte mía pars demostrarte a ti y a todos los bastardos que estaban cerca de ti que me perteneces? Los recuerdos entre el present
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