—Mi amor, tú no causaste nada. No es tu culpa que ese maldito te haya traído aquí.
Dana abrazó a Devanie y experimentó un miedo que la sacudió porque jamás había visto a su niña así.
Sus manos se dirigieron a su rostro alzándolo para verlo surcado de lágrimas.
—Ya estamos aquí, déja de llorar cariño.
Su padre la abrazó por atrás pero Deva sollozó más fuerte y Amarok apretó los puños.
—¿Podemos ir a casa ahora mismo? —susurró y ellos de inmediato asintieron aferrándose a sus brazos.
Amarok resp