Punto de vista de Laila
—Laila, te presento a Brittany. Mi compañera destinada.
Estaba a punto de hablarle a Jason sobre el cachorro que crecía en mi vientre, su cachorro, y él, en cambio, regresaba con su compañera destinada, la loba que la Diosa Luna le había elegido.
La prueba de embarazo seguía oculta en el bolsillo de mi chaqueta. Dos líneas rosadas que lo cambiarían todo.
Había planeado mostrársela a solas en cuanto llegara a casa, con la esperanza de que descifraríamos juntos cómo decírselo a la manada, porque nadie sabía aún que nos habíamos acostado.
La situación era complicada; Jason era el joven Alfa de mi manada, mientras que yo era su hermana adoptiva.
Pero ahora...
—Brittany, ella es mi hermana adoptiva, Laila. —Las palabras sonaron como una presentación de negocios. Profesionales. Distantes.
«Hermana adoptiva», eso era todo lo que había significado para él. Todo lo que llegaría a ser.
Jason y su madre, Sarah, me encontraron cuando tenía siete años. No era más que una cachorra aterrorizada que vagaba por el bosque después de que unos renegados asesinaran a mis padres.
La Luna Sarah tenía un buen corazón. Me acogió en su manada y me convirtió en parte de su familia.
Todo había cambiado hacía un mes, el día de mi decimoctavo cumpleaños, cuando por fin había reunido el valor suficiente para confesarle a Jason que había estado enamorada de él desde que nos conocimos.
Para mi sorpresa, no me rechazó. Ambos bebimos demasiado aquella noche. Un segundo lo había llevado a mi habitación para confesarle mis sentimientos, y al siguiente tenía sus manos enredadas en mi cabello y su boca sobre la mía, como si estuviera hambriento de ese beso.
Desde entonces, surgió un vínculo extraño entre nosotros. Encuentros a medianoche y besos robados cuando nadie miraba. Trepaba por mi ventana al anochecer y nos perdíamos el uno en el otro hasta el amanecer.
Sin embargo, jamás hablamos de lo que todo eso significaba. Nunca le pusimos nombre a lo que fuera que existía entre ambos.
Aunque yo conocía la razón. No solo por el hecho de haber sido adoptada por su familia, sino porque no podía transformarme como otros lobos.
Me di cuenta de que no podía cambiar de forma al cumplir catorce, y carecer de loba significaba estar limitada a una frágil forma humana. Y quienes solo poseían esa forma no encajaban en las manadas de los lobos. No en realidad.
Mientras cada joven loba de mi edad comenzaba a desarrollar su voluptuoso y curvilíneo cuerpo de licántropo, con músculos hermosos y una fuerza sobrenatural, yo seguí siendo la misma muchacha delgada de siempre. Sus cuerpos se volvieron poderosos y gráciles, e irradiaban la seguridad que les otorgaban sus lobas. Yo, en cambio, continué siendo pequeña y frágil.
Aunque nadie se atrevía a decírmelo a la cara por seguir siendo la hija adoptiva de la familia del Alfa, los susurros comenzaron a perseguirme por los pasillos.
«Es un monstruito defectuoso». «¿Por qué el Alfa no la expulsa y ya?». «Es un desperdicio de espacio».
Al crecer escuchando todo eso, supe que Jason y yo debíamos mantener nuestra relación en secreto hasta estar listos para decírselo a toda la manada.
Pero ese día había descubierto que estaba embarazada.
Creí que tal vez sería una oportunidad para hablarle sobre nosotros. Quizás era el momento adecuado para que la manada se enterara.
Era evidente que me equivocaba.
Brittany soltó una risita.
—Nos encontramos hoy en una ceremonia. ¿Acaso no es mágico?
Debía admitir que Brittany parecía recién salida de una pasarela. Su cabello rubio caía en cascada por sus hombros, y era probable que su vestido costara más de lo que la mayoría de los lobos ganaban en meses. Todo en ella irradiaba la belleza segura y la fuerza de un verdadero hombre lobo; el tipo de curvas y presencia que surgían con naturalidad gracias al poder de la loba.
A diferencia de mí.
—Mágico... claro... —Las palabras se escaparon de mis labios antes de poder detenerlas.
Brittany borró su sonrisa y me miró con extrañeza.
La expresión de Jason se volvió gélida. No quedó ni rastro del lobo que había susurrado mi nombre en la oscuridad apenas dos noches atrás.
—Laila, necesito hablar a solas contigo un momento. —Su voz sonó cautelosa, mesurada.
Brittany sonrió con dulzura.
—Por supuesto, cariño. Te esperaré adentro. —Le apretó el brazo con posesividad antes de deslizarse hacia la casa de la manada.
—Lamento si te hiciste una idea equivocada sobre nosotros, Laila —me dijo Jason con frialdad en cuanto nos quedamos solos.
—¿Una idea equivocada? —Mi voz se quebró como el hielo—. Entonces, ¿qué soy para ti?
El silencio se prolongó una eternidad. Cuando al fin habló, cada palabra encontró una nueva forma de destrozarme el corazón.
—Solo sentía curiosidad... sobre cómo sería acostarme contigo. —Hizo otra pausa antes de continuar—: Ahora que he encontrado a mi compañera destinada, sabes cómo deben ser las cosas. Todos desean a su compañera destinada.
Las lágrimas empañaron mi visión, pero ni loca dejaría que cayeran en ese lugar. No frente a él.
En ese instante, Brittany salió de la casa, habiéndonos dado el tiempo suficiente para nuestra «conversación privada».
—¿Todo bien por aquí? —preguntó, aunque su tono insinuaba que en realidad le importaba poco—. La cena está lista.
Di media vuelta y eché a correr. No soportaba mirarlos un segundo más. A mi espalda, Brittany le preguntó a Jason de qué estábamos hablando.
—De nada importante —fue su respuesta.
Alcancé el límite del bosque antes de que comenzaran los sollozos. Un llanto feo que me sacudía el cuerpo entero y amenazaba con destrozarme. Pegué la espalda contra un viejo roble y me deslicé hasta tocar la tierra.
«Curiosidad», eso era todo lo que había sido. Un maldito experimento.
Después de vaciarme en lágrimas, me quedé sentada allí, entre el barro y la suciedad, y tomé una decisión.
Debía marcharme esa misma noche con mi cachorro.
La ley de la manada establecía que todos los lobos podían marcharse al cumplir los dieciocho. Siempre había escuchado historias sobre jóvenes que abandonaban su hogar tras alcanzar la mayoría de edad para empezar de cero en el mundo de los humanos. Decían que allá afuera aguardaba un lugar mucho más grande y libre.
Al no poseer una loba, pensé que quizás sí encajaría en aquel lugar. Había planeado confesarle mis sentimientos a Jason en mi decimoctavo cumpleaños y marcharme a la mañana siguiente tras su rechazo.
Sin embargo, me sorprendió con un beso, y por primera vez en la vida sentí que era importante, que de verdad pertenecía a algún lado, así que me quedé.
Y ahora me sorprendía con su compañera destinada, dejando muy claro que mi lugar no estaba junto a él.
Había llegado la hora de partir.
Pero antes, le debía una despedida apropiada al Alfa y a la Luna. Los padres de Jason habían sido compasivos conmigo, así que merecían algo mejor que verme desaparecer como el humo.
Me limpié el rostro y caminé a paso pesado de regreso a la casa.
Al doblar la esquina, me detuve en seco. Todas mis pertenencias yacían esparcidas por el jardín delantero como si fuesen basura. Mi ropa, mis libros, incluso mi almohada.
Brittany estaba parada en el umbral con los brazos cruzados. Se la veía muy satisfecha consigo misma.
—¿Qué demonios es esto?
—Oh, lo siento, cariño, pero ya hablé con Jason sobre lo que pasó entre ustedes —dijo con la sonrisa más engreída que le había visto jamás—. Supuse que lo mejor sería que te largaras.
Apreté las manos hasta formar puños.
—Solo quiero despedirme del Alfa y de la Luna.
—No lo creo. —Salió al exterior y cerró la puerta de golpe a sus espaldas—. Están ocupados. La planificación de la boda y todo eso.
—Querrán verme.
—A decir verdad, una inútil sin loba como tú no les importa en lo absoluto. —Su sonrisa se tornó despiadada—. Fue decisión de Jason. Toda la familia opina que ya es hora de que desaparezcas. Muy lejos. Mientras más lejos, mejor.
Agua helada corrió por mis venas.
Contemplé mis pertenencias esparcidas por doquier.
Metí la mano en el bolsillo para juguetear con la prueba de embarazo que aún permanecía oculta. Un secreto que me llevaría a la tumba.
—De acuerdo —respondí tan bajo que a duras penas logré escucharme a mí misma.
Comencé a meter mis cosas dentro del viejo bolso de lona. El mismo con el que había llegado once años atrás.
—Me iré.
Cuando terminé de empacar los pedazos de mi vida, me levanté y me colgué el bolso al hombro.
Di un último vistazo a la casa que en verdad nunca había sido mi hogar. Una última mirada al lobo que en realidad nunca había sido mío.
—Adiós —susurré.
Me marché sin nada más que el corazón destrozado y el secreto que crecía en mi interior.
El secreto que lo cambiaría todo seis años más tarde.