A la mañana siguiente, me despierto con una sonrisa en los labios, pensando en lo que Roux tiene planeado para nosotros. Me pongo la bata de seda con cuidado; la tela fresca me acaricia la piel mientras camino descalza por la mullida alfombra hacia el balcón. Abro la puerta corrediza de cristal y salgo al aire fresco de la mañana. El sol me baña el rostro con su cálida luz dorada mientras respiro hondo, llenando los pulmones del aroma a croissants recién horneados y café que sube de las cafeterías de abajo. La Torre Eiffel se alza majestuosa contra el cielo de acuarela, su celosía de hierro reflejando la luz matinal.
—Buenos días, Rayito de Sol —me dice una voz familiar a mi lado. Al girarme, encuentro a Roux apoyado en la barandilla de su balcón contiguo, con una taza de café en la mano y el cabello oscuro aún despeinado por el sueño.
—Buenos días —respondo, sin poder contener la sonrisa que se extiende por mi rostro. Algo en su presencia hace que todo parezca más ligero.
—¿Qué tal s