CAPÍTULO VEINTINUEVE

La sala está bañada por la luz azul parpadeante del televisor cuando entramos. La melodía familiar de El Rey León llena el aire, pero la habitación está en silencio. Zella está sentada en el sofá, con un tazón de palomitas olvidado en su regazo. Milo está acurrucado a su lado, con su cabeza oscura apoyada en su hombro, los ojos entrecerrados en ese estado de somnolencia justo antes de que el sueño se lo lleve.

Zella levanta la vista cuando se abre la puerta, y su sonrisa de saludo se congela al ver a Antonio detrás de mí. Su brazo rodea instintivamente a Milo, protegiéndolo.

—Milo —llamo suavemente—. Mira quién vino.

Mi hijo abre los ojos de golpe, la confusión da paso al estado de alerta al verme. Luego, su mirada se desvía y se queda completamente inmóvil.

—¿Papá? —La palabra es un susurro, casi una pregunta, como si no confiara del todo en lo que ve.

—Hola, cachorro —dice Antonio, y hay una aspereza en su voz que nunca había escuchado antes.

Por un instante que se siente eterno, Mi
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