La sala está bañada por la luz azul parpadeante del televisor cuando entramos. La melodía familiar de El Rey León llena el aire, pero la habitación está en silencio. Zella está sentada en el sofá, con un tazón de palomitas olvidado en su regazo. Milo está acurrucado a su lado, con su cabeza oscura apoyada en su hombro, los ojos entrecerrados en ese estado de somnolencia justo antes de que el sueño se lo lleve.
Zella levanta la vista cuando se abre la puerta, y su sonrisa de saludo se congela al