CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO

La tarde llega a su fin y los miembros de la manada comienzan a dispersarse, regresando a sus hogares. Milo se ha dormido hace rato en mis brazos, con la cabeza apoyada pesadamente en mi hombro.

—Déjame llevarlo —dice Antonio en voz baja, extendiendo la mano hacia nuestro hijo.

Traslado a Milo con cuidado, observando cómo Antonio lo acuna con un

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