—¿Le pasa algo a Rousse? —preguntó Carlos, acercándose a mí cuando estuvimos solos.
Le di la mirada más asesina que mi rostro logró hacer.
—Por eso es que estás solo —le dije—. Eres el imprudente más grande del mundo.
—¡¿Qué?, ¿por qué?! —estaba perplejo.
—Ahora sí que Rousse nunca se va a fijar en ti —solté con enojo—, olvídate de ella. Yo —llevé una mano a mi pecho— no te voy a volver a ayudar a conquistarla, es que… —gruñí— haré lo posible para que nunca te acerques a ella.
—¿Por qué?, ¿por