No sé por qué le creí en aquel momento, mejor le hubiera hecho caso a mi madre: ellas siempre aciertan en todo lo que dicen.
Así que, para eso de las cinco y media de la tarde estaba en mi apartamento, sentado en el mueble de la sala viendo las fotos que me había tomado con Susana, borrando una por una, llorando como un buen pendejo.
Después de eliminar las fotos me limpié las lágrimas, dejé de sentirme como una persona absurda y decidí dejar ir lo que sentía por Susana una vez por todas. No se