Cuando yo llegara a París, Markus ya llevaría unos días en Europa. Se había conformado con asistentes locales en los desfiles de Milán, y tenía previsto llegar a París la misma mañana que yo para que pudiéramos comentar los pormenores de su fiesta como viejos amigos.
¡Si, como no!
La aerolínea Delta se negó a sustituir el nombre de Eliza por el mío en el pasaje de avión, así que, en lugar de estresarme más de lo que ya estaba, me limité a comprar uno nuevo. Mil ochocientos dólares, pues era la