GIANNA
Una ligera brisa revoloteaba alrededor. Era fría, sí, debía serlo por la hora de la noche, pero yo no podía sentirla, pues me encontraba envuelta en un halo de regusto, de calma y de pasión de la que ni loca quería salirme.
Vik se separó apenas y delineó mi mejilla con mi pulgar con delicadeza.
—Gia, ¿te gustaría dormir conmigo esta noche? —preguntó muy calmo y en voz baja—. Pero no pienses en nada raro, solo dormir, ¿está bien?
Fruncí el cejo al instante y no evité preguntar: —¿Solo