GIANNA
—¡¿Qué?! —espeté de repente y, por reflejo, me eché hacia atrás, lo que lo hizo rebotar y casi caer.
Vik puso las piernas en el suelo a tiempo y se volteó con rapidez hacia mí.
—¡Como que te gusto! , ¿eres de esos malditos acosadores pervertidos? ¡No! —Me fui hacia atrás en la cama con el corazón latiéndome a mil por hora.
Vik, en cambio, solo resopló y negó con la cabeza.
—Señorita Adelaide, ¿qué demonios le enseñaron en la escuela?
Me habló de usted por primera vez desde que nos conoci