La ropa empezó a ser un estorbo, arrancada con prisas febriles, con manos torpes por la urgencia. Los besos se volvieron más profundos, más exploradores, dejando un rastro de fuego sobre la piel.
Laura sintió la tensión acumulada de semanas, meses quizás, deshaciéndose en oleadas de puro placer físico. Los gemidos se ahogaban contra la boca del otro, las caricias eran a la vez tiernas y salvajes, una danza de necesidad y entrega.
Terminaron en la alfombra del salón, entre cojines caídos y prend