Algo había cambiado. Algo oscuro, algo irreversible
La sala de reuniones estaba sumida en una penumbra artificial, las luces de la ciudad que se asomaban a través de los ventanales apenas iluminaban el rostro tenso de Sebastián. Sentado en su silla de cuero, cruzado de brazos, observaba a Javier sin inmutarse. Su rostro mostraba una expresión de fría determinación, pero su mente estaba en pleno caos. Sabía que en ese momento no solo se jugaba el destino de su imperio, sino también su vida personal. Las piezas del tablero de ajedrez que se había