Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio que siguió a las palabras del profesor no fue de respeto, sino de una expectación cruel.
Charlotte sintió que el aire del aula se volvía denso, cargado con el olor a perfume costoso de sus compañeros y el rancio sabor del desprecio.
—Señorita Strong —repitió el profesor, ajustándose las gafas con una indiferencia que dolía más que un insulto—. La administración ha sido clara.
»No puede ocupar un lugar en esta cátedra si su expediente financiero está en rojo; por favor, no prolongue este momento que además de ser incómodo para usted también lo es para nosotros.
Charlotte sintió que la sangre se le subía al rostro, cada par de ojos en el salón era un dardo. Podía oír los murmullos, el roce de las sedas y, sobre todo, la risa nasal de Madison Brown.
—Parece que el tutú se le quedó corto de presupuesto —susurró Madison, lo suficientemente alto para que la fila de atrás estallara en risitas—. Debería haber buscado una universidad que aceptara propinas o labores sociales como pago.
Liam, sentado a dos lugares de distancia, apretó los puños, su mandíbula estaba tan tensa que una vena palpitaba en su frente deseando intervenir.
Liam incómodo miró al profesor, luego a Charlotte, y finalmente a Madison, la indecisión bailaba en sus ojos; el miedo a enfrentar el sistema que su propio padre ayudaba a financiar, todo aquello lo mantenía anclado a la silla por unos segundos que parecieron eternos.
Charlotte no esperó a que Liam hablara, se levantó con una dignidad que amenazaba con romperse; guardó sus cuadernos con manos temblorosas sin mirar a nadie, caminó hacia la salida.
El sonido de sus zapatos contra el suelo de madera era el único testamento de su derrota. Al cruzar el umbral, el portazo resonó como el veredicto final sobre su futuro.
Estaba furiosa, pero no podía hacer nada en su defensa, por más que se esforzaba las lágrimas corrieron por sus mejillas recordando la burla de sus compañeros.
El aire frío del exterior golpeó el rostro de Charlotte. No era solo el dinero perdido en el asalto; era la sensación de que sin importar cuánto luchara, el mundo de Liam y el suyo siempre serían polos opuestos.
—¡Charlotte!... ¡Espera! —El grito de Liam rompió la distancia.
Ella aceleró el paso, cruzando el patio central de la universidad, rodeada de estatuas de mármol que parecían juzgarla.
Liam la alcanzó cerca de la fuente, debido a que ella lo ignoraba él se vio obligado a tomarla del brazo con una urgencia que casi hace que caiga.
—Charlotte, mírame —pidió él, su voz estaba cargada de una angustia genuina—. Siento mucho lo que pasó ahí dentro, —Liam llevó sus manos a la cabeza—. Madison es una idiota, yo...
—No es Madison, Liam... —cortó ella, dándose la vuelta pero manteniendo la cabeza baja, ocultando la venda bajo su cabello—. Es todo... Mi vida, mis deudas... El hecho es que no pertenezco aquí.
Liam la rodeó con sus brazos, ignorando las miradas de los estudiantes que pasaban. Charlotte se hundió en su pecho, buscando el calor de lo que ella creía que era su único refugio, su lugar seguro.
—Yo puedo arreglarlo —susurró Liam contra su oído—. Mi padre me da una ayuda económica trimestral; es más que suficiente para cubrir tu deuda y la de los próximos dos años.
»Déjame que pueda pagarlo, por favor no dejes que esto nos separe, no quiero alejarme de ti —aunque las palabras de Liam eran sinceras, Charlotte no lo podría aceptar.
Charlotte se separó bruscamente, sus ojos empañados brillando con una chispa de orgullo herido.
—No soy un proyecto de caridad para ti, Liam, no puedo aceptar tu dinero, si lo hago... ¿qué me quedaría de mí misma?, ya he perdido demasiado hoy.
Ella no lo sabía, pero a pocos metros, dentro de un sedán negro con vidrios tintados estacionado frente a la facultad, unos ojos verdes observaban la escena con una frialdad quirúrgica.
Logan Taylor observaba a su hijo consolar a una mujer que no estaba dentro de sus planes, sin tener la más mínima sospecha de que se trataba de Charlotte, la mujer que ahora tenía un contrato con él.
Para Logan la única mujer que tenía el peso adecuado para estar al lado de su hijo era Madison.
Liam se quedó parado en medio del patio, viendo como Charlotte se alejaba hacia la salida principal, deseaba ayudarla, pero no quería pasar por encima de sus decisiones.
Su teléfono vibró en el bolsillo de su saco, al sacarlo, el nombre en la pantalla hizo que su corazón diera un vuelco.
«Padre».
—¿Hola? —contestó Liam, con la voz aún inestable.
—Estás perdiendo el tiempo Liam —la voz de Logan era como el acero rozando el cristal, profunda y carente de emoción—. Te envié a esa universidad para que establecieras contacto con los socios de la próxima década, no para que fueras el paño de lágrimas de una causa perdida.
Liam sintió un escalofrío, se preguntaba como podía su padre saberlo; de inmediato llevó la mirada a su alrededor, buscando el coche de su padre, pero Logan siempre era una sombra invisible hasta que decidía materializarse.
—Ella no es una causa perdida, papá, amo a esa mujer con todas mis fuerzas que por ella podría...
—Cierra la boca y escucha —interrumpió su padre—. El amor es una variable que no cabe en mis balances, hijo —respondió Logan desde el interior del auto, mientras acariciaba con sus dedos la fina cojinería del auto.
»Vuelve a clase, Madison te está esperando, no me obligues a recortar tus privilegios por una distracción de clase baja.
Logan colgó sin esperar respuesta. Vio a través del cristal cómo Liam tras un momento de duda, bajó la cabeza y caminó de regreso al edificio de la facultad.
Su prioridad era obedecer a su padre, sin importar que para ello tuviera que dejar a Charlotte sola mientras que desaparecía a la distancia sin poder ir tras de ella.







