—¡No, Charlotte! ¡No lo hagas! —dijo Willy, sentándose en la cama con dificultad.
—¡Señora Lancaster, el doctor dijo que debía estar en calma, sin estrés! —intervino Arturo, mientras me colocaba una bata sobre el camisón, ignorándolo.
—¡Y eso es justo lo que estoy haciendo! —hablé con firmeza, cerrando el nudo de la nata con tanta fuerza como si fuera el cuello de Miranda—. ¡Hago esto por mi tranquilidad y para liberarme del estrés! ¡Jamás estaré completamente calmada con esa víbora suelta en