La puerta de la habitación se cerró detrás de mí. Podía escuchar cada latido de mi corazón, cada respiración. Éramos él y yo de regreso en nuestra burbuja, con Cenizas como intermediario.
O eso pensé, hasta que vi al traidor desaparecer dentro del baño, agitando su cola grisácea.
—Desnúdate —ordenó, arrojando su abrigo sobre el sofá.
Parpadeé, impactada por su orden. Esperaba una discusión mezclada con enfado y palabras mordaces, no esto.
Y aún así, con manos temblorosas, empecé a desvestir