Mundo ficciónIniciar sesiónNos hicieron avanzar hasta quedar frente al rey.
Formamos una línea y él comenzó a inspeccionarnos una por una. Su expresión apenas cambiaba. Aburrido. Indiferente. Su mirada llegó hasta mí. Incliné el cuerpo en una profunda reverencia. Lo suficiente para que el escote hiciera exactamente lo que debía hacer. Vi cómo sus ojos descendían. Contuve una sonrisa. Levanté apenas la vista entre mis pestañas. Humedecí lentamente mis labios. Después me incorporé despacio. Como si acabara de notar el pequeño accidente. Me ruboricé. Y le ofrecí una tímida sonrisa de disculpa. Cinco segundos. No necesité más. Mientras continuaba inspeccionando al resto de las jóvenes, descubrí varias veces cómo sus ojos regresaban hasta mí. Funcionó. Tuve que contener las ganas de elevar mi puño al cielo y me conformé con felicitarme mentalmente. Cuando terminó de examinarnos, hizo un gesto despreocupado con la mano. Las chicas entendieron la orden al instante. Varias comenzaron a bailar. Otras se despojaron de parte de su ropa. Algunas competían entre ellas por llamar su atención con movimientos cada vez más descarados. Un espectáculo bastante triste. Yo hice exactamente lo contrario. Me di media vuelta y caminé hacia una mesa llena de pequeños postres. Tomé uno. Después elegí una silla vacía. Crucé una pierna sobre la otra y me senté con absoluta tranquilidad. Dejé que un poco de crema quedara sobre la yema de mis dedos. La llevé lentamente hasta mis labios y la saboreé con calma. Como si hubiera olvidado por completo que el rey existía. No tardé en sentir su mirada. No levanté la cabeza. Solo seguí disfrutando del postre. Y solo para el espectáculo, solté algunos gemidos por aquí y por allá. Bajos, contenidos. Porque ese era el mejor postre del mundo y yo no intentaba seducir a nadie. Cinco minutos después, dejó de prestar atención al resto de las jóvenes. Escuché sus pasos acercándose. Se detuvieron justo frente a mí. Me puse de pie de inmediato. Introduje el último bocado en mi boca antes de inclinarme en otra profunda reverencia. Un gruñido satisfecho escapó de su garganta. —Este año la competencia termina antes de lo esperado. Sentí cómo el corazón comenzaba a latirme con fuerza. Había funcionado. —Elijo a esta huma... Las enormes puertas del salón se abrieron de golpe. Un guardia irrumpió corriendo. Su uniforme estaba cubierto de sangre. —¡Nos atacan los rebeldes! ¡Protejan al rey! ¡Nos...! No terminó la frase. Garras atravesaron su pecho desde la espalda. El cuerpo cayó pesadamente sobre el suelo. Varios hombres lobo irrumpieron detrás de él. El salón estalló en caos. Los nobles comenzaron a correr. Los guardias saltaron a la acción. Los gritos llenaron la habitación. Lo primero que hizo el rey fue darse la vuelta y huir. Tuve un instante para decidir. Podía esconderme. Podía escapar. Los rebeldes no venían por mí... No. Había esperado dos años. No pensaba dejar escapar mi oportunidad. Corrí detrás del rey. Aunque fuera un viejo decrépito, seguía siendo un hombre lobo y eso lo hacía más rápido que yo. Apreté los dientes y aceleré. Estuve a punto de alcanzarlo cuando llegó a una puerta al fondo del salón. La abrió de golpe. Pero alguien ya estaba del otro lado. El rey tropezó hacia atrás y cayó sentado sobre el suelo. Su rostro perdió todo el color. —¡Tú...! El hombre que acababa de entrar sonrió. No dijo una sola palabra. Solo levantó una mano. Sus garras brillaron bajo la luz de los candelabros. Un movimiento. Eso fue todo. La cabeza del rey salió despedida de su cuerpo. Rodó por el suelo hasta detenerse a pocos centímetros de mis pies. La sangre me salpicó el rostro. También el vestido. El hombre sacudió la mano con tranquilidad para desprenderse de la sangre. Después levantó la voz para que todo el salón pudiera escucharlo. —¡El rey ha muerto! Una sonrisa de absoluta satisfacción apareció en su rostro. —¡Larga vida al nuevo rey!






