—Eres una... —No pude terminar la frase.
—Una araña. Dilo. No me va a molestar —ladeó la cabeza, un gesto tan completamente mío que se me revolvió el estómago al verlo—. Aunque no siempre fui una araña. En otro tiempo, fui la mujer más hermosa de las manadas; lo sabía, y me aseguraba de que todos los demás también lo supieran —se giró de nuevo hacia mí y se pasó una mano por el cabello—. La Diosa no tiene mucha paciencia para semejante vanidad, según resultó. Así que me dio una forma que se cor