Ariel volvió a casa, hirviendo de rabia. Estaba furiosa porque no había podido lidiar con él de la manera que mejor le parecía, y eso la estaba irritando hasta límites insoportables.
—¡Gahhhh! —gruñó frustrada, retorciendo las manos como si estuviera apretándole el cuello.
Esto era tan frustrante.
—¿Estás bien? —la única amiga que había logrado hacer allí la miró con los ojos entrecerrados, preguntándose qué le sucedía.
—Claro. Solo hay algo que me está sacando de quicio, pero estoy bien.
—Hmm.