Maitê Morelli
Me quedé unos segundos sola, apoyada sobre el mármol del lavabo, mirándome al espejo. Ni todo el glamour de la noche conseguía disimular la tristeza reflejada en mi rostro. Lloré en silencio. Solo me di cuenta de que ya no estaba sola cuando unas manos pequeñas se posaron sobre mi brazo.
—¿Qué pasa, querida? ¿Qué ha ocurrido para dejarte así?
—Hola, señora Rosalie… no es nada. Es solo que este mundo no es el mío.
Ella rió con dulzura.
—Somos como cualquiera, cariño. Nos equivocamos, acertamos. La diferencia es que tenemos dinero.
—Pero esas diferencias me pesan. No pertenezco a esto. Necesito irme. Quería agradecerle por todo… y pedir disculpas.
—¿Estás triste porque Hunter aún no recuerda vuestro matrimonio? —preguntó. No respondí—. Tranquilízate. Disfruta de la fiesta. Dame un abrazo. Creo que eso es lo que necesitas ahora.
A pesar de su aire un poco esnob, Rosalie tenía buen corazón.
—Gracias, señora.
Me recompuse y salimos juntas del baño. Si aún me quedaba alguna du