— ¿Aceptas usar tu alianza, mi amor? —Dominic me preguntó en una nota seductora, un tono por el cual cualquier mujer debilitada por el dolor se dejaría llevar.
Pero yo no era esa mujer. No era frágil. Sus golpes, en vez de destruirme o hacerme suplicar clemencia, me excitaban de manera tan sombría y equivocada.
Y me odiaba por eso.
— No —respondí con la voz ronca por los sollozos no liberados de mis labios — y algo más: por el calor que se hacía presente en mi interior después de sus dolorosos