Perezosamente, me acosté en el suelo, pasando mis manos detrás de la cabeza. Y que se jodiera si las personas que trabajaban en esta maldita mansión iban a pensar que estaba loca por hacer del suelo mi cama. Ya estaba cansada de tanta caída, y una pausa no me haría nada mal — no me importaba dónde fuera.
Pero poco duró mi pausa, pues pronto sentí manos pasarse por detrás de mi espalda y piernas, levantándome del suelo.
No necesité abrir los ojos para saber quién me estaba cargando en brazos. E