— Hija... — Murmuró ronco.
— Todo está bien. — Dije con voz quebrada, abrazándolo de vuelta. — Yo-yo... Todo es culpa mía. — Le confesé. — Pero nunca volveré a desaparecer de tu vida, a menos que tú quieras.
— No te atrevas a desaparecer de nuevo. — Intentó sonar rígido, pero su voz estaba demasiado quebrada para eso. — No me importa qué demonios pasó o el motivo, pero no te atrevas a irte.
Asentí con la cabeza.
— No lo haré. — Aseguré.
— No me hagas esto otra vez, hija. — Me pidió con la voz r