No negaba que adoraba recibir unas palmadas en el trasero, pero mis nalgas ya estaban ardiendo, tanto que sentí un miedo justificado al imaginar mi trasero siendo más golpeado.
— Vamos a ver hasta dónde llega ese jueguito de insumisión, mi amor. — Dijo perversamente. — Te debo muchas palmadas en el trasero. — Dominic me recordó. — Te daré unas palmadas hasta que confieses por qué las mereciste.
Estaba sádico de la manera que yo quería desde el principio.
Aún recordaba cuando amenazó con golpear