46. Eso puede cambiar...
Isabel
Despierto con el peso de un silencio que no reconozco. Durante unos segundos, mantengo los ojos cerrados, tratando de aferrarme a la sensación de calor que me rodeó durante la madrugada, a ese latido rítmico que me sirvió de metrónomo para dormir.
Estiro la mano con lentitud, buscando el calor de su cuerpo al otro lado de la cama, pero mis dedos solo encuentran sábanas estiradas y una frialdad que me cala hasta los huesos. Abro los ojos de golpe. El lado de Dante está vacío, impecable, c