Isabel
El aire en esta habitación parece haberse agotado, dejando solo un residuo amargo que me quema la garganta. Ramírez se mueve con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir. Sus zapatos italianos resuenan contra el concreto deteriorado, un contraste obsceno entre su elegancia y la decrepitud del lugar. Yo sigo apoyada contra la pared, sintiendo cómo el frío del cemento traspasa mi ropa, pero no es el frío lo que me hace temblar; es la anticipación de la perve