Los días previos a la fiesta fueron un auténtico caos.
Patricia parecía haberse transformado en una general organizando una campaña militar. Desde las siete de la mañana hasta bien entrada la noche, recorría la mansión con un bloc de notas en la mano, gafas de lectura colgando del cuello y un tono de voz que no admitía réplicas. Nada escapaba a su supervisión. Nada era lo suficientemente perfecto. Y nadie trabajaba lo suficientemente rápido para su gusto.
El equipo de decoradores, compuesto por