Damián permaneció unos segundos más observando el periódico extendido sobre su escritorio de caoba. La luz de la lámpara de escritorio proyectaba sombras alargadas sobre la fotografía en blanco y negro, pero los detalles eran inconfundibles.
Alexander sostenía a Natasha con esa pose protectora que los fotógrafos adoraban: una mano en su cintura, la otra rozando apenas su abdomen, como si ya custodiara el futuro heredero. La imagen perfecta para vender la ilusión de una familia unida, estable y