Cerca de la barra del club "El Infinito", Diana Acosta observaba con una calma inusual al tipo que bebía en silencio. Desde que llegó, se había dedicado a tomar muy despacio, no como tantos otros que apuran las copas para ahogar sus penas, sino sorbo a sorbo, como si estuviera catando el licor. Sin embargo, ella sabía que estaba herido.
—Fray, ¿pasó algo? —preguntó Diana con suavidad.
En todos los años que llevaba de conocerlo, pocas veces lo había visto así. La última vez, recordaba, había sid