Efraín apenas fue consciente del camino a casa. Un ruido en el piso de arriba lo alertó y, sin pensarlo dos veces, subió corriendo los escalones. Al entrar en la habitación, la encontró doblando su ropa con cuidado, su frágil figura luchando por meter todo en una maleta. Eran las mismas prendas que había traído consigo el día de la boda.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —la cuestionó, mirándola con furia. Se acercó y le arrebató la maleta de las manos—. ¿Qué te molesta? Dímelo de una vez, n