Eran alrededor de las once de la noche y en una hora de fiesta Elisa sólo había conseguido emocionarse al saber que el señor Romanov era Arnold, y que por fin estaba en una fiesta con música que se escucharía en cualquier fiesta ordinaria.
Pequeña emoción que ironizaba lo bien que lo estaba pasando, porque estar acompañada de dos hombres que tenían más del doble de su edad, estaba lejos de ser un buen panorama.
Se excusó luego de un rato, quería bailar y al parecer, la pista estaba ligerament