El chirrido de las llantas contra el pavimento en la entrada principal de la casa en West Village sonó como un grito de horror en la quietud de la tarde. León Walter bajó del vehículo prácticamente antes de que este se detuviera por completo tambaleándose con los ojos irritados y la respiración acelerada por causa de su pulso que lo ahogaba. En este momento no necesitaba el bastón, la adrenalina del terror que sentía había anestesiado cualquier rastro de su reciente cirugía. La camiseta que era