El viaje transcurrió en un silencio tenso, solo interrumpido por el zumbido constante de los motores de la avioneta. Valeria miraba por la ventanilla las nubes espesas, pero su mente no estaba en el cielo, sino en la figura de Leonid. Sabía perfectamente que, al huir de esa manera, estaba activando el modo depredador de su esposo. Conocía a Leonid lo suficiente para entender que él no se detendría ante nada; la zozobra la consumía porque sentía que, en cualquier momento, el pasado la alcanzaría