El corazón de Leonid parecía una locomotora. No podía dejar de pensar en que Valeria y su hijo se encontraban en esa cabaña de la que ahora seguramente quedaban las cenizas y escombros. Su estómago dio un vuelco y la bilis amenazó con devorar su esófago. Las manos le temblaban a tal punto que casi no podía subir las escaleras de la avioneta en la que se dirigirían hacia Vancouver.
Sus ojos se llenaron de lágrimas al pensar en que las cosas pudieron ser diferentes. Apretó las manos en puños para