Leónid salió de la ducha con la toalla enrollada a nivel de la cadera. La pequeña cicatriz del orificio de bala ya parecía una mancha, aunque aún dolía. Pero no lo suficiente para obligarlo a pedir ayuda para lo esencial. Lilian entró hablando por teléfono, ignorando que él estuviese ahí, desnudo, solo cubierto con ese trozo de tela. Al verlo, todo a su alrededor desapareció; incluso la voz en el teléfono fue callada cuando colgó y el aparato cayó al suelo, chocando con la alfombra. Él se giró